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Plaza de los Cabildos, número 7
Historia real · Plaza de los Cabildos · La Plazoleta
Hay casas en las que nunca se apaga la luz. En el número 7 de la Plaza de los Cabildos, la puerta de la señora Alianza estuvo abierta durante décadas, a cualquier hora, para quien llegara con un hueso mal puesto, un tendón movido o un niño a punto de nacer. Los más jóvenes quizá no hayan oído hablar de ella, pero si preguntan a sus padres y abuelos, seguramente les contarán que estuvieron en aquella casa más de una vez.
La señora Alianza —María Alianza Lojo Mariño, nacida en 1910 en Teira, una pequeña aldea muy cerca de Corrubedo (Galicia)—. En el año 1941, unos días después del incendio de Santander, llegó a la ciudad su marido Manuel Prego Sayar para trabajar en la mar. Fue capitán en varios barcos: el Doris, el Donostia y la pareja Puente Pumar y Puente Gajano.
Unos meses después llegaron a Santander Alianza y sus hijos José, el mayor, Filo y Manuel, nacidos en Galicia. Los primeros años vivieron en Peña Herbosa, hasta que se construyó el barrio: formaron parte del primer grupo de familias que se trasladó al nuevo emplazamiento de los pescadores. En el reparto de viviendas, les correspondió el número 7 de la Plaza de los Cabildos, donde nacería Joaquín, su cuarto hijo, en 1949.
El local que hoy ocupa el restaurante La Chulilla fue primero almacén, taller y vivienda del hijo mayor, José, que era electricista. Cuando José emigró a Francia, la señora Alianza transformó el local en bar y así nació Casa Prego. Lo atendía ella, con la ayuda de Fredo (Alfredo), que era el marido de su hija Filo. Fredo era el hijo mediano de Anselmo «El Norte» y la señora Chelo, que vivían en el número 5 de la Plaza de los Cabildos. En la foto se les ve a los dos detrás de la barra del bar, y están presentes algunos clientes; ¿reconocéis a alguno?
El bar lo tuvieron unos pocos años: al fallecer su marido Manuel Prego y, posteriormente, su hijo mayor José, la señora Alianza decidió traspasarlo. El bar pasó entonces a Manolo e Inés «La Churrera».
Manolo e Inés gestionaron poco tiempo el bar, y años después, en otro local del barrio, abrirían una churrería que todos recordamos.
Leer la historia de la Churrería de Inés →Fue la comadrona que trajo al mundo a unos cuantos niños y niñas de los años 50. Y sobre todo, fue la señora Alianza a la que acudían grandes y pequeños para que los curara de problemas con tendones, esguinces y roturas de huesos. Su casa estaba siempre abierta, a cualquier hora, para atender al que lo necesitaba. En los primeros años, las urgencias médicas en el Barrio Pesquero eran atendidas por las monjas Mercedarias (brechas, heridas, poner inyecciones...) y, si era de huesos, la señora Alianza te atendía en su casa.
A ella no la enseñó nadie: fue autodidacta, aprendió sola, de la observación y la práctica. Según cuenta la familia, aprendió durante la Guerra Civil atendiendo heridos en Galicia.
«Cuando le preguntaban cuánto cobraba, contestaba que solo necesitaba que la ayudasen para las vendas y esparadrapos.»
En agradecimiento, los pescadores, cada vez que volvían de la mar, le traían los mejores peces.
En su casa no hubo un solo día sin pescado en la nevera.
Cuando la ingresaron en el Hospital Valdecilla por un infarto, por su habitación pasó un gran número de médicos y enfermeras del hospital: unos iban a conocer a la persona de la que tanto habían oído hablar; otros, a saludar a la señora Alianza que les había curado en más de una ocasión.
Por sus manos prodigiosas pasaron no solo los habitantes del barrio, sino también muchas otras personas de Santander y de los pueblos vecinos, incluidos algunos deportistas: jugadores del Racing de aquellos años y niños del barrio que, con el tiempo, se harían futbolistas.
Ella nunca se consideró curandera — palabra que no le gustaba —; utilizaba su conocimiento del cuerpo humano para colocar todo en su sitio, con sus manos, el tendón que se había movido o el hueso que se había roto.
«Yo la conocí de niño, como todo el barrio. Cuando era portero de futbito en la SD Sotileza, y jugábamos en pistas de cemento o de asfalto. Sufría mucho de lesiones en las costillas.
Cuando le decía a mi madre que me dolía esto o aquello, me contestaba: "Sube donde la señora Alianza pero primero pasa por la farmacia y dile a José "el Farma" que te dé una venda de las que usa la señora Alianza — que ella no cobra, pero lo mínimo es llevarle la venda." Yo iba solo, me sabía el camino de memoria, subía al segundo piso y llamaba a la puerta. Normalmente te abría Filo y te pasaba al salón cuyo balcón daba a la Plaza de los Cabildos, "¡Cuéntame hijo!", ahí estaba ella con su moño siempre impecable, le contabas y te trataba. Yo era un niño pero siempre me pareció una mujer con una fuerza increíble.»
Y así era: subías al número 7 de la Plaza de los Cabildos y ella te colocaba las costillas, arreglaba el esguince o quitaba la tortícolis del cuello, solo con sus manos. Nunca cobró nada.
En las fiestas del Carmen del año 1983, el Barrio Pesquero le dedicó un homenaje en agradecimiento a sus años de atención a los vecinos: en la foto se ve a don Alberto Pico entregándole una placa en la iglesia del barrio, abarrotada de gente.
Fue una mujer inteligente y adelantada a su tiempo e hizo una labor social muy importante. Los que hemos tenido la suerte de conocerla no la olvidaremos nunca. La señora Alianza falleció el 15 de agosto de 1987 y dejó un enorme legado de servicio al barrio.