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La historia real de la calle Tío Mechelín
Historia real · Calle Tío Mechelín · Barrio Viejo
Hay calles que parecen esperar a alguien. El Barrio Pesquero se levantó sobre los arenales de Maliaño a partir de 1943, cuando se construyeron las dos primeras fases con 108 viviendas para las familias de pescadores que vivían en torno a Puertochico. En 1946 se bautizaron sus calles con nombres de personajes de Pereda — muchos de ellos de Sotileza, como el Tío Mechelín.
Y aquel mismo año, el 28 de julio, en la calle Tío Mechelín nació el primer niño del barrio. Se llamó Carmelo.
Cuenta Kalin —Nicolás Ochoa— en su libro El Puertochico que yo conocí que el primer nacimiento que hubo en el barrio fue el 28 de julio de 1946: nació un varón al que pusieron de nombre Carmelo, en honor a la Virgen del Carmen, patrona de la gente de la mar. Era hijo de Laureano, «El Moya», y de «La Lola».
Kalin lo recuerda así, como testigo de aquellos primeros años:
«Fue bautizado por todo lo alto por el Sr. Obispo; sus padrinos fueron mis padres, Colás Ochoa y la Sra. Luisa.»
Los Ochoa eran la familia para la que trabajaba La Lola, la madre de Carmelo.
Carmelo, claro, no recuerda el bautizo. Pero sí conserva una imagen de aquellos primeros tiempos, la del barrio recién estrenado: «Y que vino Franco con la guardia mora... cuando aquello». Los primeros años del barrio no se olvidan, porque había mucha necesidad.
Carmelo lo cuenta sin drama, como quien ha contado la misma historia muchas veces:
«Mi madre tenía que buscarse la vida en el río, lavar la ropa y mi padre iba a la mar. Y mis hermanos a buscarse la vida por donde podían... no había comida, comíamos algarrobas.»
El padre de Carmelo, Laureano, fue toda la vida a la mar. «El Moya» era un mote que le pusieron, y con él se le conoció siempre. Salía de Puertochico con un patache, y faenaba con los del barrio: andaba a la mar en el barco de Pacheco «El Monteano», iba con el Giboso y con Pacalo — los tres iban andando desde el barrio a Puertochico a coger el barco. Porque al principio, aunque la gente ya empezaba a vivir en el barrio, los barcos y la lonja todavía estaban en Puertochico.
La madre, La Lola, iba a lavar al río, en la calle Tetúan. Carmelo la acompañaba de crío:
«Yo iba con ella, me llevaba del delantal. Llevaba unas bañeras de ropa que lavaba de todas las familias de allí. Luego iba a la casa de la familia de Kalin, la familia Ochoa. Cuando terminaba nos veníamos para acá y de camino compraba en la plaza, en la plazuca donde estaba la Cruz. Compraba taranga, chofre, y todo lo posaba en casa al lado de la cocina. También bañeras de higos. Trabajó mucho, muy duro. Pues se pasaba mucha necesidad, está clarísimo.»
Cuando Laureano y Lola llegaron al barrio, ya tenían tres hijos nacidos en Puertochico: uno falleció, y quedaron Juan y Carmina. Luego nació Carmelo, el primer niño del Barrio Pesquero, y después Ramonín, también nacido en el barrio. Fueron cinco hermanos. Sus padres podían haber cogido una de las casas para las familias numerosas de la Plaza de Muergo, y cogieron una planta baja en Tío Mechelín 4.
Kalin, en su libro, completa el retrato de Lola con dos detalles que lo dicen todo. Cuando la familia se trasladó al nuevo barrio, la madre de Kalin le mandaba a La Lola, a través del autobús del Pesquero conocido como «la Chivata», un puchero con comida — y aquel auxilio era esperado por la familia con el mismo anhelo que los repartos navideños de la Cofradía o los auxilios por malas costeras. Y cuenta también que La Lola tenía amistad con unos señores que tenían una finca en el Paseo de la Concepción, en la que le dejaban coger higos por bañeras, que la madre de Carmelo cambiaba por mondongo para llevárselo al Pesquero.
Kalin añade una anécdota que el propio Carmelo le contó, de cuando bajaba a Puertochico de niño y que nos ha confirmado en nuestra conversación: la Sra. Luisa, la madre de Kalin, le dejaba a escondidas mamar directamente de las tetas de las vacas que Colás Ochoa guardaba en la bodega de Tetúan.
Cuando Carmelo tenía cuatro, cinco o seis años, el barrio todavía se estaba haciendo. En la calle Tío Mechelín y bajo los arcos de la Plaza de los Cabildos ya había pequeños comercios, muchos de ellos fundamentales para unas familias que apenas tenían dinero.
La tienda de Isabel era una de las que más fiaba. Carmelo llegaba con la lista de la compra y el recado de su madre: «Que cuando mi padre haga la cuenta, lo paga». Y se llevaba lo necesario para casa.
También recuerda que el local que después sería el Bar Gorio había sido antes un almacén de bicicletas: «Íbamos a alquilarlas ahí. Javier se llamaba el dueño. Primero era un almacén de bicis y luego hizo el bar».
Hasta los catorce años, la vida de Carmelo era «a ratear por ahí, a coger carbón» y a la escuela. Daba clase don José Luis, el primer maestro que hubo en el barrio, antes que los colegios. Enseñaba en el Portalón, en la Plaza de los Cabildos. El maestro vivía en la zona de la Plaza de Toros y de ahí bajaba al barrio.
Iban todos los días, y el maestro era de los de antes: «Y cuando no ibas, te castigaba afuera, y te daba con la regla en la mano.»
A los que iban a clase les esperaba luego el comedor de las monjas. Carmelo no lo olvida:
«Las monjas eran buenísimas... te pinchaban, una monja gordona, ibas ahí y te pinchaba. Pero atendían, una maravilla.»
Además de la atención sanitaria, las monjas Mercedarias, en el comedor, daban cocidos, alubias y había huevos porque tenían gallinas: «No faltaba de comer de nada.» Para Carmelo era casi un festín: «En el comedor me ponía loco yo — no había en casa, así que había que aprovechar.» Iban los más necesitados, y se respetaba: los que podían no iban, no les dejaban — «el que tenía barcos y pasta, no iba al comedor». Casi todas las monjas eran vascas, muchas de Bermeo, y también había de Navarra. «Muy buena gente.» Y allí, en el convento, trabajaba su tía Milagros, la de la Chaito, hermana del padre de Carmelo.
Carmelo hace memoria, portal a portal y nos cuenta sobre los vecinos.
En el número 2, en los bajos estaban la Cristeta y la Chulilla. En el primer piso la Vale, toda esa familia entera y al lado Fleta.
Con la Cristeta vivía la Alfonsa, y Carmelo la recuerda con una sonrisa: llegaba la primera de trabajar y cogía a todos los críos de las madres que estaban en el trabajo, «y nos daba tortos con cascarilla». — «Sí, cascarilla de café — con eso nos hacía una especie de Cola Cao», remata Carmelo.
En Tío Mechelín 4, al lado de Carmelo, vivía la Anita, la parrada; el Arturito y la Isabel la blanca vivían encima. La Marinín y Pacalo y la de Zapata arriba, en los dos pisos de arriba.
Luego estaba en el 6 el Conejo, que siguen ahí — «mucha gente de la que todavía vive son de los primeros». El Mule, en la planta baja, y los de Isasi.
En el 8, en el bajo vivía la Josefa, la de los charabetos, la Julia, la familia de la prima de su mujer vivía arriba. Estaba la Francisquita, que vivía abajo. Y recuerda a Tete, y a la hermana menor, que era guapísima — «andaba detrás de ella un barrendero». Juan recuerda que en ese portal vivía Paquito, su compañero en el equipo de fútbol del Apostolado del Mar.
Y los amigos del barrio, claro: el Mendi, el padre y la madre vivían en el Portalón; y los hijos de los Peñucas, que también vivían en el Portalón: tenían allí la chatarrería, y con ella hicieron después el restaurante. Los juegos de crío, sin más juguete que la calle: «Me metía todo el día jugando al chapeo y a la paquipa, y con la llave de casa colgando del cuello para no perderla.»
Detrás de todas aquellas familias había una historia común, la del barrio mismo:
«Se hizo un reparto ahí en la Cofradía de los pescadores que había en Puerto Chico, y vinieron todos para el Pesquero: porque inauguraban aquí, tenían que salir de allí.»
A los catorce años, Carmelo empezó a la mar. Empezó en el año 60 y poco — llevaba un año de marinero cuando le cogió la famosa galerna de 1961. Y lo cuenta como quien ha visto lo que no se debería ver:
«Mira todos los que naufragaron, murió un montón de gente. Barcos de aquí estaban el María Barandica, el Santa María, el Zumeta Aguirre, el Ezquiaga Beitia, el Genaro Camacho, el Santa Justa y el Luz del Alba — los barcos de aquí que les pilló la galerna. Se ahogaron como 4 o 5 de aquí. Y luego se fue a pique el Santa Lucía, que se ahogaron todos, que eran gallegos. El Santa Jesusa, Esteban el patrón se ahogó y le cogieron con un gamo y le metieron abajo en la nevera para conservarle, para enterrarlo cuando llegaran a tierra.»
Su barco entró en Castro Urdiales — tardaron dos días en llegar. Y Carmelo sabe a quién se lo debe:
«Menos mal que fue prudente el hombre, Marcel, que vivía aquí al lado de la iglesia — si este hombre no le da por tirar para adelante, zozobramos también nosotros.»
Aquella galerna se llevó muchos barcos: «Todos los barcos de cola de pato, muchos se hundieron.»
Testimonio oral de Carmelo. Los nombres y circunstancias concretas están pendientes de contraste documental.
Después de la galerna, sus padres le quitaron de la mar. Llevaba siete años y medio de marinero. Anduvo a la merluza, anduvo a varios oficios... y luego se metió con Berto.
Llegó Alberto Rentería, del País Vasco; su barco era el Hermosa Primavera, y luego compraron más barcos: el Nuevo Maite, el Sukari... Primero entró su primo Juanín de redero, y luego entró él.
«Ahí ya era hacer de todo, lo mismo escoger pescado que coser las redes, hacer los víveres, lo que hiciera falta. En la bodega de Berto estábamos Juanín y yo.»
Su hermano Ramonín estaba en otra empresa, con el del Rui Gochi bí y el Maitatasuna. Y Carmelo se quedó: estuvo cuarenta años con Berto Rentería. Se jubiló con 61 años y 4 meses — «con el coeficiente reductor me quitaron algo y me jubilé antes».
La vida del barrio tenía también sus ritos. El Cine Sotileza, por ejemplo, con sus normas no escritas:
«Entraban con pipas, tirabas los emblemas y te echaban, y luego entrabas por la puerta de salida y te colabas otra vez por todos lados. Pero era todo el mundo del barrio, iban a ver las famosas películas, las del oeste.»
El acomodador se llamaba Rufino: «andaba muy mal, estaba asmático — e iba a jugar mucho al dominó a la Gaviota».
Y las carteleras, claro, estaban en la barbería. Corpas, el barbero de toda la vida, las ponía en la ventana: pasabas por los arcos y sabías qué película echaba. Donde Corpas el corte de pelo se apuntaba: «Cuando iba a cortarme el pelo mi madre me decía: dile a Corpas que cuando haga la cuenta tu padre que se lo paga» — se lo pagaban luego. Carmelo lo recuerda como «un hombre muy cariñoso con los pescadores, con los hijos».
Carmelo guarda memoria de los comercios que ya no están. La mercería de la Lippi, la de las dos hermanas. Y también recuerda las piscinas que había en la Plaza de los Cabildos con aquellos chorros de agua, de los que salía el agua de unos bichos — había como cuatro o seis, iba la gente a beber el agua. En las piscinas había peces y la gente iba a verlos, «echabas cosucas de galletas, para que lo comieran».
Carmelo vivió en la calle Tío Mechelín hasta que se casó. Se casó en el barrio, y lo casó don Guillermo Simón Altuna — el mismo cura que hizo tantas cosas por el barrio, el que fundó el Apostolado del Mar, la guardería...
Antes de la boda, y de joven, también le tocó estar al otro lado de la barra: trabajaba en el bar del Apostolado del Mar, con Gelín el de Laredo — había guateques, bailes. «Había un baruco y yo estaba, me metieron allí a trabajar también.»
Y el fútbol, que en el barrio es casi otra religión. El equipo del Apostolado del Mar, está documentado: jugaron en la Federación, empezaron en Segunda Regional y el primer año ascendieron a Primera Regional. Aguantaron un año en esa categoría, y al siguiente el equipo se deshizo. Su hermano Juan era integrante del equipo — «y casi se va al Betis con Paquito Faleato».
Carmelo se casó y se fue a vivir a la otra banda, primero de alquiler en Zancajo Osorio; y después a Marqués de la Hermida, donde lleva ya diecinueve o veinte años — a un paso del barrio donde nació. Como tantas familias de los primeros vecinos, la suya terminó saliendo del barrio a otros rincones de Santander.
Pero su madre, La Lola, se quedó muchos años en la calle Tío Mechelín, asomada a la ventana, saludando a todo el mundo. «Siempre la recuerdo ahí, en la ventana», dice Carmelo.
El 28 de julio de 2026, el primer niño del Barrio Pesquero cumplió 80 años. Y al contarlo todo —la necesidad, la galerna, los cuarenta años de bodega— lo hace con humor y sin drama: «vamos todos apañados pero por lo menos lo contamos».
Porque si la calle Tío Mechelín tiene una historia que contar, además de la del pescador de corazón limpio de Pereda, es la historia de Carmelo, el primer vecino que nació en ella.