La tienda de la Isabel
Publicado en el canal de WhatsApp el 27 de mayo de 2026
Plaza de los Cabildos, esquina con Tío Mechelín. Si el Barrio Pesquero tuviera un mapa del corazón, aquella esquina estaría marcada con rotulador gordo.
De la pollería al ultramarinos
Antes de que existiera la tienda que todos recordamos, ya había negocio en esa esquina. Era una pollería, de las primeras que abrieron en el Barrio Pesquero. La regentaba Marina, madre de Genio, desde hacia 1947.
En 1952, Genio e Isabel se hicieron cargo. No cerraron la pollería: la transformaron. Siguieron vendiendo pollos y huevos — de ahí el apodo que al barrio entero le quedó grabado: "Genio el huevero" — y añadieron todo lo demás. Aceite, vinagre, legumbres, conservas, jabón, lo que hiciera falta. La pollería se había convertido en ultramarinos.
El local se partía en dos mitades. Una era la tienda, con su mostrador de toda la vida. La otra, la vivienda familiar. Allí, entre el ir y venir de clientes, criaron a sus hijos y levantaron su casa. No se sabe bien dónde acababa el hogar y empezaba el negocio. Probablemente nunca lo supieron ellos tampoco.
El corazón del mostrador
Si la tienda era el cuerpo, Isabel era el alma. Mujer bondadosa, simpática, de las que recibían con una sonrisa aunque el día fuera largo. Genio era igual: callado, trabajador, del mismo fondo bueno.
Pero lo que hizo inolvidable a esta tienda no fue el género ni el sitio. Fue lo que hacían cuando las cosas se ponían feas.
En el Barrio Pesquero, la vida siempre ha dependido de la mar. Y la mar no perdona. Llegaban los temporales, semanas sin poder faenar, los barcos amarrados, las capturas flacas. Entonces las familias de pescadores lo pasaban mal. Y las viudas, con sus pensiones mínimas, peor.
Isabel y Genio lo sabían. Y no daban la espalda.
Nunca negaron un crédito. Nunca miraron a nadie por encima del hombro por pedir esperar. Fiaban la compra sin pregunta, sin fecha, sin condiciones. "Ya pagarás cuando puedas". Y la gente pagaba cuando podía, y si no, tampoco pasaba nada.
"Isabel, ha dicho mi madre que lo apuntes"
Es una frase que muchos vecinos del barrio recordarán. Los niños iban solos a la compra — entonces se podía — y soltaban el encargo casi de carrerilla: "Isabel, ha dicho mi madre que lo apuntes".
Ella apuntaba. Siempre apuntaba. Con la misma sonrisa con la que cobraba al que pagaba en efectivo. Sin hacer sentir mal al chaval, sin que el trato fuera distinto. La libreta de fiados de Isabel no era un registro de deudas: era la contabilidad de la solidaridad silenciosa del barrio.
Más de cuarenta años después
La tienda cerró en 1996. Cuatro décadas largas dando servicio, fiando, criando hijos y tendiendo la mano. Hoy no queda ni el local, pero la memoria sí.
Esta foto de Isabel en el mostrador — cedida por su hijo Genio — no es solo un documento. Es un retrato de cómo era el Barrio Pesquero de verdad: el de la gente que se ayudaba sin esperar nada a cambio. El de las tiendas que no eran solo tiendas.
Porque al final, lo que vendían Isabel y Genio no era solo aceite o huevos. Lo que vendían, sin etiqueta ni precio, era humanidad.