Casi 30 años de pan para el barrio — Sábado 4 de julio de 2026
Mariola, detrás del mostrador de Elechino, atendiendo a una vecina del barrio.
Quienes conocieron la tienda de la Isabel en la Plaza de los Cabildos recordarán su fachada, su mostrador de madera, su olor a ultramarinos. Cuando cerró, después de casi cincuenta años, el local no quedó vacío mucho tiempo.
Elechino, panadería con varias sucursales en Santander, compró el local en 1996. No fue fácil: hubo obras, permisos, trámites que alargaron la espera. Hasta que en 1998 abrió sus puertas la panadería que desde entonces es la del barrio.
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Pero para entender de verdad cómo llegó Elechino al Barrio Pesquero, hay que hablar de Chicho.
Chicho era el dueño de Panaderías Elechino. Y Chicho amaba este barrio. No era un amor cualquiera: era incondicional. Para él, abrir una tienda aquí era un sueño.
—O sea, era incondicional de él, es que para él era el sueño realizado —cuenta Mariola.
Cuando por fin encontró el local, Chicho llamó a Mariola. Ella llevaba apenas cuatro meses en la panadería de La Albericia y la había puesto a funcionar tan bien que ya no daba abasto. Chicho lo tenía clarísimo: la que tenía que bajar al Pesquero era ella.
—No, yo no me voy a mover de aquí, que yo estoy aquí encantada —le dijo Mariola.
Pero Chicho no cejaba.
—Joder, que por narices te tienes que bajar tú. Todas las papeletas son tuyas.
La fachada de Elechino, en los soportales del Barrio Pesquero.
Y entonces le soltó la frase que ella recuerda como si fuera hoy:
—La única que puede poner orden y organizar las cosas allí abajo tienes que ser tú. El emblema de la panadería tienes que ser tú.
Mariola bajó. Pero bajó con un mosqueo de los suyos, sin hablarle a Chicho durante unos días.
—Bueno, bueno, bueno —dice ella—, como si fuera hoy, qué movida.
Al cabo del tiempo, Chicho le dijo simplemente:
—¿Eras o no eras tú la que tenía que bajar aquí?
Chicho era así. Veía siempre más allá.
—La verdad que mi jefe en ese sentido fue la bomba —dice Mariola—. Trabajador, luchador, buena persona, siempre riéndose... Aprendí mucho de él. Mucho.
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La entrada de Elechino, bajo los arcos del Barrio Pesquero.
Casi 30 años después, Mariola sigue ahí.
Desde entonces es ella quien elabora el pan que cada mañana llega a las mesas del barrio. En el obrador, entre el calor del horno y el olor a masa recién hecha, Mariola es la mano detrás del pan de cada día en el Pesquero.
Y desde entonces lo ha visto todo.
Cuando llegó, los chavales del barrio eran chiquitines. Los veía sentados cerca de la panadería, comiendo pipas, con sus gorros, preparándose para ir a Revilla. Volvían por la mañana temprano, cuando ella ya estaba al pie del cañón porque entonces se madrugaba mucho. Y allí se pasaban la mañana antes de que llegara el momento de las fiestas del Carmen, de sacar a la Virgen y embarcarla.
—Madre, madre, qué tiempos, Mario, qué tiempos —suspira ella.
Han pasado los años. Esos chiquitines crecieron. Algunos se marcharon del barrio. Pero ahora vuelven. Con sus hijos. Y Mariola los reconoce.
Mariola ha visto cambiar de voz, de altura, de vida a generaciones enteras del barrio. Siempre detrás del mostrador de Elechino.
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Y es que Elechino no es solo una panadería. Es punto de encuentro. En cuanto se juntan dos o tres vecinos, se arma tertulia. De las buenas y de las polémicas también. Allí se habla del barrio, de la vida, de todo.
Hay pan de muchos tipos, y están muy buenos los bollos preñados y los saladitos. También es pastelería. Y los domingos, cuando los supermercados cierran, vas donde Mariola y puedes comprar leche, huevos, lo que haga falta.
Vecina del barrio, a la salida de Elechino con el pan del día.
Pero Elechino es también el legado de Chicho. De aquel hombre que amaba el Barrio Pesquero hasta el punto de que cuando llegaban las fiestas del Carmen, no había quien lo sacase de allí.
—Se marchaba a La Chulilla —recuerda Mariola—, dejaba la furgoneta abierta, le daba igual que estuvieran las carteras del dinero, del pan, de todo. Se juntaba con Manolín, el padre de Marimar, la de Bartolo, con toda la cuadrilla. Cuando llegaban las fiestas del Pesquero no contases con Chicho para nada. Eso era vivir las fiestas a tope, a tope.
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No hace falta haber nacido en un sitio para ser de ese sitio. Mariola lo demuestra cada día: viviendo en otro barrio de Santander, es una más del Pesquero. Porque la pertenencia no la da el código postal, sino los años, el trabajo bien hecho y el trato cercano. El estar ahí, siempre.
Ahora mismo Mariola está de baja. La echamos de menos. El pan sigue llegando cada mañana, pero no es lo mismo sin su alegría detrás del mostrador.
Desde aquí, Mariola, un abrazo enorme. Te esperamos.