📖 Las Huellas de Sotileza
El raquero que dio nombre a la Plaza de Muergo
Sotileza en las calles del barrioSi el Barrio Pesquero tiene una plaza que es pura literatura, esa es la Plaza de Muergo. Porque antes de ser el corazón del Barrio Viejo, antes de que Don Alberto Pico viviera en el número 1 alojado en casa de Carmina "La Chacha" y antes de que generaciones de vecinos la hicieran suya, Muergo fue un personaje de José María de Pereda. Y de los más brutos, tristes y memorables de Sotileza.
Muergo es uno de los raqueros del Santander marinero del siglo XIX: críos pobres, medio asilvestrados, que se criaban en los muelles buscándose la vida. Pereda lo presenta desde niño como el más abandonado del grupo, y lo describe con una crudeza que todavía impresiona:
«morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza descomunal»
Más adelante, el autor añade detalles que subrayan su aspecto bestial: obesidad adiposa, piel que relucía como cuero, dientes ralos, una espalda abovedada y una melena indómita que le caía sobre la frente. Sus pies eran inmensos, negros y endurecidos por los callos de caminar siempre descalzo.
Hijo de la Chumacera —una mujer pobre y dejada— y sobrino carnal de Tío Mechelín, Muergo creció sin escuela, sin higiene y sin guía moral. Su ignorancia era tan profunda que cuando el padre Apolinar le preguntó cuántos Dioses había, respondió tranquilamente que «ocho o nueve». Y cuando el clérigo le preguntó qué era una persona, él contestó con la frase que resume todo su ser:
«¿Yo?... Yo soy Muergo»
No sabía lo que significaba la palabra «persona». Él era simplemente Muergo. Nada más.
Muergo vivía arrastrado por sus instintos más básicos: un hambre insaciable y una afición al aguardiente que lo llevaba a gastar sus escasos ahorros en la taberna de La Zanguina y lo volvía irracional y peligroso cuando se embriagaba.
Pero la llegada de Sotileza a su vida cambió algo en él. Al principio, su brutalidad hacia ella era tal que llegó a arrojarla al agua de un pedrada en la Maruca, poniéndola en grave riesgo de ahogarse. Sin embargo, la atención que la joven le prestó fue moldeándolo.
Pereda explica que Muergo se rindió a ella «como se rinde fascinada una bestia bravía a las caricias de la gentil domadora». No hubo despertar moral: fue una sumisión instintiva.
Bajo las órdenes de Sotileza, el muchacho aceptó esquilarse la greña una vez al mes y lavarse la cara cada ocho días. Ahorró sus ganancias para comprarse un traje de paño fino para los Santos Mártires, con gorra marinera, corbata de seda negra y hasta zapatos de suela convexa —él, que había ido descalzo toda la vida—, aunque al estrenarlos apenas podía tenerse en pie sobre las aceras de la calle Alta.
La escena más sobrecogedora de su sumisión es cuando Sotileza le desenreda el cabello a tirones y él, lejos de quejarse, suplica:
«¡Jálame más… más!… ¡que me gusta mucho!»
Muergo no es el protagonista de Sotileza, pero su simple presencia altera el curso de la novela. Funciona como un catalizador que desencadena los conflictos de los demás personajes.
Para Cleto, el marinero honrado que aspira a Sotileza, Muergo es un rival aborrecible que invade su espacio. La tensión entre ambos estalla en una golpiza a oscuras en el portal de la bodega de Tío Mechelín.
Para Andrés, el hijo burgués educado y rico, Muergo es un espejo deformante. Andrés no puede soportar que Sotileza, que lo rechaza a él con una dureza implacable, permita que el deforme Muergo la cargue en brazos por el arenal de Ambojo entre risas complacientes. La situación le parece tan absurda que termina golpeando a Muergo en medio de la calle, cegado por los celos y la frustración de clase.
Muergo no entiende de clases sociales, ni de galantería, ni de Orgullo. Solo entiende de instintos. Y eso, en el mundo de los hombres, es lo que más molesta.
El destino trágico de Muergo cierra su ciclo narrativo con la misma crudeza con la que vivió. Tras embriagarse hasta perder el sentido para eludir el reclutamiento de una leva militar, Muergo perece ahogado durante una violenta galerna.
Su cadáver aparece flotando entre las olas como:
«un bulto que se mecía entre dos aguas, dejando flotantes sobre ellas espesos manojos de una cabellera cerdosa»
Devuelto al mar que lo vio crecer. Devorado por las mismas fuerzas salvajes que rigieron toda su existencia.
Nuestra Plaza de Muergo, corazón del Barrio Viejo, toma su nombre de este personaje. Es la misma plaza donde se alojaron Don Alberto Pico y Don Julián, en casa de Carmen "La Chacha", donde Lola «La Rajona» y Pepe Montequín criaron a su familia, y lo mismo hicieron "La Chulilla y Valentín", "Pepe y La Sina", "Cholo y Teresa", "Lenchu y Nieves", "Lipe y Sario - La Patroncita", la familia "Losada", "La Fania", recuerdo a "Ramón Sobrao y Antonia 💗", más de una vez, estando con su nieto Kiko, me dio de cenar "La Maruja" y compartí mesa con "Chelo y Sereña".
Hay muchos más vecinos y vecinas que podría nombrar, gente que ha dejado su huella en la memoria de los que ahora vivimos en esta plaza, porque mientras nosotros los recordemos, ellos están con nosotros.
| Aspecto | Dato |
|---|---|
| Obra | Sotileza (1885), José María de Pereda |
| Descripción | «morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza descomunal» |
| Familia | Hijo de la Chumacera, sobrino de Tío Mechelín |
| Escena clave | «¿Yo?... Yo soy Muergo» |
| Papel | Catalizador de los conflictos entre Cleto y Andrés |
| Simboliza | La degradación de los estratos más bajos de la sociedad marinera |
| Muerte | Ahogado en una galerna, huyendo de una leva militar |