La Antigua Lonja
El eco de las subastas en la dársena de Maliaño
Si cerramos los ojos por un instante frente a las aguas de la dársena de Maliaño, aún parece posible escuchar la sirena llamando a los compradores, el rumor apresurado de quienes acudían a la sala de subastas, el golpe del hielo triturado sobre las cajas de pescado expuesto en la cancha y el canturreo rápido y rítmico de la puja. Durante más de medio siglo, la Antigua Lonja de pescado de la calle Marqués de la Hermida fue mucho más que un edificio: fue motor, sustento y corazón palpitante del Barrio Pesquero.
Un templo racionalista frente al mar
La historia de la vieja lonja comenzó sobre el papel en los años de posguerra. Fue proyectada en 1943 por el ingeniero y director de la Junta de Obras del Puerto, Aníbal González Riancho, y quedó finalmente levantada y en funcionamiento en la década de 1950. No era una simple nave industrial. Para los ojos expertos, aquella lonja representaba una de las escasas y más valiosas muestras de arquitectura racionalista de Santander. En una época dominada por estilos más recargados, su autor apostó por la simplicidad constructiva, las líneas puras y una luz plenamente funcional. Era una arquitectura pensada por y para el mar.
Cofradía de Pescadores: sangre, sudor y escamas
Desde su primer día, la gestión del edificio recayó sobre la Cofradía de Pescadores de Santander. Allí, en la almotacenía, se decidía el destino de muchas familias herederas del viejo pósito de Puerto Chico. La actividad era frenética: los pesqueros amarraban tras jornadas durísimas en el Cantábrico o en el Gran Sol; las cajas de bocarte, bonito, chicharro y besugo llenaban la sala principal; las rederas remendaban los paños con manos ágiles; los carros de hielo iban y venían; y las mujeres del barrio aguardaban para saber qué jornal había deparado la marea. La lonja era nuestro ágora, el lugar de las buenas costeras y también de las jornadas amargas.
Vientos de galerna: el conflicto y el fin de una era
Con el cambio de siglo llegaron los malos vientos. La escasez de capturas, una deuda asfixiante agravada por la fábrica de hielo y un plan de viabilidad fallido empujaron a la Cofradía hacia una tormenta perfecta. La construcción de la nueva lonja remató el golpe: la Autoridad Portuaria impulsó un consorcio gestor del que los pescadores tradicionales quedaron fuera, perdiendo la Cofradía un privilegio histórico, el derecho a subastar su propia pesca.
El drama más duro no se libró solo en los despachos. La transición dejó sin empleo a diecisiete trabajadores de la vieja rula, algunos con más de treinta años de antigüedad. Muchos se sintieron tratados como simple material de desecho. Hubo manifestaciones, asambleas y pleitos. Algunos fueron recolocados, otros acabaron en jubilaciones amargas y otros en el paro y los juzgados. Ninguno de los trabajadores de la Cofradía de Pescadores de Santander llegó a cobrar jamás las indemnizaciones por su despido. Fue un cierre silencioso y doloroso que dejó una herida abierta en el orgullo del barrio.
El adiós a un símbolo
La actividad se trasladó a las nuevas instalaciones y la vieja lonja quedó herida de muerte. A pesar de las voces de arquitectos, historiadores y vecinos, y de la campaña impulsada por Alberto Pico para lograr su conservación y su declaración como Bien de Interés Cultural, nada pudo frenar el derribo. Las máquinas excavadoras llegaron en febrero de 2006. Con cada muro que caía se abría una nueva perspectiva de la bahía para los paseantes de Marqués de la Hermida, pero al mismo tiempo el Barrio Pesquero perdía un pedazo irremplazable de su alma.
Hoy, donde antes hubo subastas, madrugones y esperanza, hay un paseo marítimo que no ha logrado llenar el hueco sentimental de lo que allí existió. Para quienes llevan el barrio en la sangre, basta con mirar al amanecer hacia aquella línea de agua para seguir viendo en la memoria la silueta inconfundible de la vieja lonja recortándose contra la luz del Cantábrico.